Me habían hablado tanto del agujero negro que cuando decidí que había llegado al centro de Lima me senté en un zaguán y dediqué cuatro minutos a mofarme -solo- de los mojigatos, tilingos y pusilánimes que me habían descrito el lugar como la última frontera. Gente que se impresiona por cualquier cosa: se nota que no han estado en Haití o en La Matanza o el puerto de Shanghai; les falta mi experiencia. Me sentí un autentico cortapalos. Después, satisfecho, me levanté, caminé otros diez minutos, y llegué realmente al centro de Lima.
Martin Caparrós, Larga Distancia